Martes, Agosto 22, 2017

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Cada año, miles de japoneses abandonan su hogar y se cambian de identidad sin dejar rastro

Imagina poder desaparecer. No me refiero a nada que no tenga remedio, sino a eliminar nuestra identidad de un día para otro. Una opción donde el propio gobierno ofrece facilidades para ello, aunque necesitas un requisito: explicar cual es tu tragedia. Esto ocurre cada año con miles de ciudadanos en Japón.

En Tokio existe un distrito muy alejado al resto: Sanya. Está situado al sur, en los alrededores de Yoshino-dori. El barrio fue bastante famoso en los 60, pero con el tiempo fue cambiando (incluso de nombre) y se dividió en varios barrios.

Cualquiera que se adentre en esta zona percibirá lo mismo: una región con una cultura distinta a la capital, un área llena de gente, pero donde casi nadie habla ni se conoce y, lo que es más extraño, parecen estar muy a gusto con esta situación.

Esta pequeña zona de la urbe es una de muchas que podemos encontrar en Japón. Allí viven los denominados Johatsu (“evaporated people”). Obviamente, no han desaparecido de la faz de la Tierra, pero su intención guarda ciertas similitudes. Lo que un día fueron, ahora han dejado de serlo.

La mayoría están atormentados por la vergüenza de un trabajo perdido, o quizás el fracaso repentino de un matrimonio, o una deuda que se hizo tan grande que era insostenible… Sea como fuere, miles de ciudadanos nipones dejan atrás sus identidades y buscan refugio en el mundo anónimo.

Lo cuenta la pareja de periodistas y fotógrafos, Léna Mauger y Stéphane Remael, en su libro The Vanished: The ‘Evaporated People’ of Japan in Stories and Photographs. Una ventana de lo que ocurre con parte de la sociedad japonesa actual, aunque la historia de estas personas que huyen de la sociedad moderna por vergüenza se remonta a muchos años atrás.

Ichiro es una de esas historias. En los 80, él, maestro de artes marciales, y ella, dedicada por completo a su hijo, decidieron dejar Tokio, pedir un préstamo al banco y montar un restaurante a las afueras. Sin embargo, el mercado se vino abajo en muy poco tiempo, Ichiro se endeudó y decidieron hacer lo que hacen miles de japoneses: vendieron su casa, empaquetaron sus cosas y desaparecieron. Con una diferencia: lo hicieron para siempre.

Johatsu

Al parecer, desde mediados de la década de los 90, se calcula que al menos 100.000 hombres y mujeres japoneses desaparecen anualmente. Ellos son los arquitectos de sus propias desapariciones, desterrándose así de sus tragedias: divorcios, deudas, la pérdida de empleo, el fracaso de un examen.

Lo curioso de esta tendencia es que la gente puede desaparecer porque hay otra sociedad debajo de la propia sociedad japonesa. Según Mauger:

Cuando las personas desaparecen, saben que pueden encontrar una manera de sobrevivir. Son almas perdidas pero, resulta que viven en ciudades perdidas de su propia creación. La ciudad de Sanya es un ejemplo. Es una barriada dentro de Tokio, cuyo nombre ha sido borrado por las autoridades. Allí, los Johatsu viven en minúsculas habitaciones de hotel, a menudo sin Internet o baños privados.

Los Johatsu han aumentado en Japón en momentos clave: con las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, cuando la vergüenza nacional estaba en su apogeo, y después de las crisis financieras de 1989 y 2008. En parte, la sombra de la economía ha surgido para servir a aquellos que quieren que nunca se les encuentre, aquellos que quieren hacer que sus desapariciones parezcan secuestros, o que sus casas parezcan haber sido robadas.

Cómo esfumarse

Esfumarse es más parecido a una desaparición administrativa. Los Johatsu optan por cambiar sus nombres, direcciones y lazos de cualquier negocio. En Japón, este escape puede ser sorprendentemente fácil. Las leyes de privacidad japonesas dan a los ciudadanos libertad para mantener su paradero en secreto. De hecho, sólo en casos penales la policía puede extraer datos personales de las personas, y los familiares no pueden buscar en los registros financieros.

Se cree que todo empezó a finales de los años sesenta. En la década de los 70 surgieron más casos de jóvenes trabajadores del campo y zonas rurales que huían de los empleos duros en las grandes ciudades. Mauger cuenta que Night-Time Movers es una de las compañías encargadas de “limpiar” una identidad.

La compañía se inició con un tipo llamado Shou Hatori, quién dirigía un servicio de mudanza hasta que una noche, en un bar de karaoke, una mujer le preguntó si podía hacer un arreglo para que ella “desapareciera, junto con sus muebles”. La mujer le dijo que no podía soportar las deudas de su marido, que estaban arruinando su vida.

Hatori cobró 3.500 dólares por esa primera mudanza. Desde entonces, su clientela ha crecido y hoy es enorme, prácticamente con toda clase de personas y escalas sociales. Sin embargo y como cuentan los periodistas en su libro, cualquiera que sea la vergüenza que motiva a un ciudadano japonés a desaparecer, no es menos doloroso que el efecto boomerang que genera en sus familias, quienes a su vez están tan avergonzadas por tener un familiar desaparecido, que finalmente optan por no denunciar a la policía.

Esta es la sorprendente historia de los Johatsu, otra vía de escape a la presión japonesa, en este caso muy diferente a los karoshi, vocablo que sirve para definir a las personas que mueren por ataques cardíacos u optan por el suicidio, en su mayoría conducidos por el exceso de trabajo. [Time, NYPost, The Vanished: The “Evaporated People” of Japan in Stories and Photographs]

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